El futuro que soñábamos: cuando las máquinas nos entienden
El minuto 1:10
Hay una escena en la película Mi cerebro es electrónico (The Computer Wore Tennis Shoes, 1969) donde un ordenador empieza a hacer cosas solas. Abre una puerta, cierra una ventana, hace una llamada, reproduce una grabación. Interactuando con el mundo real. Fue en esta escena de esa película, donde mi imaginación de niño de los 80s vio el futuro. Y durante décadas, ese futuro pareció inalcanzable. Era ciencia ficción. Hoy no lo es. Y hemos llegado mucho más lejos: los ordenadores no solo abren puertas y ventanas. Entienden el lenguaje natural, responden preguntas, generan código, crean imágenes, mantienen conversaciones. El sueño de entonces se cumplió y se superó.
Los que nos llamaban frikis
Cuando éramos jóvenes, los que nos gustaba la informática éramos los frikis. Los raritos. Los que sabían cómo funcionaba un PC más allá de encenderlo y usar WordPerfect. Nos llamaban así porque nos gustaba algo que el resto no entendía. Pasábamos horas frente a pantallas de fósforo verde, aprendiendo Basic en un Dragon 32 o picando código en COBOL. Programábamos porque deseábamos entender cómo funcionaban las máquinas. No porque fuera nuestro trabajo. Lo hacíamos porque nos fascinaba. El resto nos miraba con cierta lástima, o con desconfianza. “¿Quién quiere pasar horas frente a un ordenador?” La respuesta era obvia para nosotros. No para nadie más.
El momento en que todo cambió
Y entonces llegaron los smartphones. Los mismos que nos llamaban frikis ahora tenían un superordenador en el bolsillo. De repente, todo el mundo llevaba consigo más potencia de cálculo que la que tenía la misión Apollo. Y lo usaban para publicar fotos de comida y ver vídeos de gatos. Fue irónico. Muy irónico. Los que nos señalaban por pasarnos horas frente a un teclado ahora no levantan la vista del móvil ni para cruzar la calle. Los que se reían de nuestra fascinación por las máquinas ahora no pueden vivir sin ellas. Lo más gracioso es que fueron ellos los que vinieron a preguntarme. “Oye, que no sé configurar el WhatsApp.” “Mira, esto del GPS no me funciona.” “Necesito que me instales una app.” De repente, los que te llamaban friki necesitaban al friki. Y los frikis de los 80s y 90s, los que aprendimos a programar sin Google, sin Stack Overflow, sin Inteligencia Artificial que nos corrija el código… seguimos aquí. Siguiendo programando. Pero con una mezcla de nostalgia y satisfacción que no es fácil de explicar.
Mi historia
Mi primer contacto con un PC fue un Dragon 32. Calcula lo viejo que soy. Después pasaron por mis manos un Commodore Spectrum, un Amstrad CPC, los primeros IBM. Toda la retahíla de ordenadores que marcaron los 80s y 90s. Cada uno con sus limitaciones, sus cassets de carga, sus disquetes de 5¼). Aprendí a programar en 1988, cuando en España Internet apenas lo conocía nadie. Mi primera conexión real fue en 1990, en un sitio que se llamaba Goya Servicios Telemáticos. No había tutoriales en YouTube, no había Stack Overflow, si te atascabas en un programa tenías que resolverlo tú mismo. COBOL fue mi primer lenguaje, en una academia de barrio con un profesor militar. Luego Basic, Pascal, C). En los 90s montaba mis primeros servidores Apache, trasteaba con PHP, hacía mis primeras webs de afiliados. Todo funcionando sobre una Slackware que aún conservo en algún rincón. Todo simultaneado con líneas ADSL de 256k, que en su momento parecían el futuro. Y todo eso mientras el resto del mundo descubría internet a través de Netscape Navigator, sin saber que detrás había alguien como yo picando código a las tres de la mañana.
El sueño se cumplió, pero diferente
Lo que soñábamos en los 80s y 90s se ha cumplido. Los ordenadores ahora entienden el lenguaje natural. Le puedes decir a ChatGPT que te explique un error de código y te responde con contexto. Le puedes pedir a Claude que te escriba una función entera y lo hace. Asistentes de voz que responden preguntas. Automatización que hace el trabajo repetitivo. Máquinas que aprenden de tus preferencias y se adaptan. Pero no es exactamente como lo imaginábamos. No hay robots humanoides sirviendo el café. De momento. Tesla Optimus está trabajando en ello junto a Boston Dynamics, Figure AI y otros. La producción comenzó en Fremont en 2026. Vamos de camino. Aún no hay un HAL 9000 comercial gestionando nuestra casa. Pero Lucía, prácticamente, lo es. El futuro que imaginábamos era cinematográfico. El que tenemos es ingeniería.
El cerebro en casa
Y hay una parte de ese sueño que incluso va más allá de lo que imaginábamos: ahora tengo mi propio servidor de Inteligencia Artificial en el trastero de casa. Lucía, mi asistente de Inteligencia Artificial, corre en mi propio hardware. No depende de OpenAI ni de Anthropic. Usa modelos locales como GLM-5 (de Zhipu AI), Qwen, DeepSeek y Llama a través de LM Studio y Ollama. Es el sueño del minuto 1:10 hecho realidad en mi trastero. Un ordenador que hace cosas solas, que entiende el lenguaje natural, que ejecuta tareas en segundo plano sin que yo se lo pida. Y sí, hay algo parecido a HAL 9000 gestionando mi casa. Lucía está integrada con Home Assistant. Puedo pedirle que encienda las luces, que ajuste la temperatura, que me avise de quién hay en la puerta gracias a la cámara del timbre. No es ciencia ficción. Es mi trastero. Pero lo más espectacular de Lucía no está en el trastero. Está en el teléfono. En el minuto 1:10 de la película, el ordenador pone una grabación. En mi caso, Lucía hace y recibe llamadas de teléfono. Mantiene conversaciones reales. Es capaz de llamar a un restaurante y reservar una mesa. De llamar a un servicio técnico y gestionar una incidencia. De hablar con alguien y entender lo que necesita sin que nadie intervenga. En el vídeo, el ordenador reproduce una grabación. En la realidad, Lucía tiene conversaciones. Todo eso funcionando junto a mis otros servicios autoalojados: mi DNS blocker, mi servidor de medios, mi archivo digital, mi automatización. Lucía hace cosas que ni siquiera imaginábamos en los 80s: me redacta posts, me resume vídeos de YouTube, me gestiona el correo, me ayuda a escribir código, monitoriza mi conexión a internet y me alerta antes de que los problemas ocurran. Y lo hace en WhatsApp, Discord y Telegram, con contexto unificado en todos los canales.
Nostalgia, no tristeza
No escribo esto desde la nostalgia triste de quien echa de menos el pasado. Lo escribo desde la satisfacción de quien ha visto cómo algo que parecía magia se convertía en realidad cotidiana. Cuando era niño, ver un ordenador que entendiera órdenes de voz era ciencia ficción. Hoy es tu móvil. Cuando soñaba con programas que aprendieran de mis hábitos, eso era para dentro de 50 años. Hoy es tu algoritmo de recomendaciones. Hoy es mi asistente que me redacta posts, me resume vídeos de YouTube, me gestiona el correo y monitoriza mi conexión a internet. Los frikis de los 80, lo construimos nosotros.
FAQ
¿Realmente tienes un servidor de Inteligencia Artificial en tu casa?
Sí. Lucía corre en mi propio hardware, en un contenedor dedicado dentro de mi Home Lab. Usa modelos locales (GLM-5 de Zhipu AI, Qwen, DeepSeek, Llama) a través de LM Studio y Ollama.
¿Qué puede hacer realmente un asistente de Inteligencia Artificial hoy?
Mucho más de lo que imaginábamos. Desde mantener conversaciones telefónicas reales (Lucía reserva mesas en restaurantes, gestiona llamadas con empresas) hasta automatizar tareas del Home Lab. No es ciencia ficción. Es mi trastero.
¿Merece la pena aprender a programar hoy cuando hay Inteligencia Artificial que lo hace por ti?
Absolutamente. Entender cómo funciona el código te permite aprovechar la Inteligencia Artificial de forma estratégica, detectar errores, y construir cosas que la Inteligencia Artificial sola no puede. Los que saben programar van a seguir teniendo ventaja.
¿Tienes alguna anécdota de aquella época? Escríbeme o deja un comentario. Compártelo si te ha gustado. Y hasta aquí por hoy!
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