Hispanos, no latinos: quién inventó la palabra y para qué
Hoy es el día de la Hispanidad. No el de la latinidad.
Lo suelto de entrada porque hoy va a volver a pasar lo de siempre: alguien va a decir “latinos” para referirse a cuatrocientos millones de personas que hablan mi idioma, y nadie va a parpadear. Llevo años viéndolo y me toca la moral, porque la palabra está mal puesta, pero sobre todo porque está mal puesta a propósito, y tiene autor y fecha.
Siempre me sacan los mismos tres argumentos. Los dejo aquí arriba para que sepas a dónde vamos:
- “Hablamos español, el español viene del latín, luego somos latinos.”
- “Lo dice la RAE, que recoge latinoamericano como correcto.”
- “Hispano suena a colonia. Latino nos nombra a nosotros, no a España.”
Los tres se caen, y los tres se caen del mismo modo: no de opinión contra opinión, sino con el diccionario abierto y con fechas. Voy a desarmarlos uno a uno, pero antes hay que fijar de qué estamos hablando.
Latino quiere decir del Lacio
Latino no significa americano. Significa del Lacio, la región de Italia donde está Roma. De ahí sale el latín, y de ahí sale todo lo demás.
El criterio para que un pueblo sea latino es doble: territorio romanizado y lengua propia nacida del latín. Los lingüistas lo llaman la Romania. Haber sido provincia romana no basta, y eso se demuestra solo con mirar el mapa: Britania, Grecia, Egipto, Siria y el África proconsular fueron provincias de Roma durante siglos y hoy no hablan una sola lengua salida del latín. Hizo falta que el latín se quedara.
Con ese criterio, los países latinos son estos:
- Portugal, España, Francia, Italia y Rumanía
- Andorra, Mónaco, San Marino y la Ciudad del Vaticano
- Moldavia, que cumple lo de la lengua y tiene la parte histórica discutida
- Suiza y Bélgica a medias, por sus zonas de lengua francesa, italiana y romanche
Y aquí viene el dato que casi nadie espera. En la Roma antigua, latinus tampoco significaba exactamente eso. Significaba ser del Lacio, y después pasó a ser un estatus jurídico, el ius Latii, un escalón intermedio entre el ciudadano romano de pleno derecho y el extranjero. Vespasiano se lo concedió a toda Hispania, cosa que sabemos porque lo cuenta Plinio el Viejo en el libro III de su Historia natural, párrafo 30, en una línea que puedes ir a leer ahora mismo: universae Hispaniae Vespasianus Imperator Augustus […] Latium tribuit. En el año 212, la Constitución Antoniniana de Caracalla extendió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio y aquello se quedó en papeleo.
O sea: los primeros no italianos a los que Roma llamó latinos en masa fueron los hispanos. Ahí lo dejo.
El primer argumento: que hablamos una lengua salida del latín
Esto es lo incómodo, y es el centro de todo el asunto.
España cumple las dos condiciones sin discusión. Hispania fue provincia romana, Augusto la organizó en Bética, Lusitania y Tarraconense, y el castellano viene del latín en línea directa. España es latina. También lo es Portugal, y de paso conviene recordar que Hispania era la península entera, Lusitania incluida.
México no cumple la primera. Ni México, ni Perú, ni Colombia, ni Argentina. Nunca fueron provincias romanas. Ni Roma puso un pie allí, ni podía. Hablan una lengua romance por una sola razón: porque España se la llevó, y con ella el derecho, la universidad y medio diccionario.
Eso no les hace latinos. Les hace hispanos, que es un vínculo con España, no con Roma.
Léelo otra vez, porque la etiqueta que usa todo el mundo está puesta exactamente al revés. Al español le quitan el adjetivo latino, que le corresponde, y se lo cuelgan al mexicano, al que no le corresponde. Y nadie dice nada.
La diferencia es la que hay entre una lengua que nace en un territorio y una lengua que llega a un territorio. En Hispania, el latín entró con las legiones, se quedó setecientos años y acabó convertido en castellano, gallego y catalán. En México el español no evolucionó desde el latín: desembarcó ya hecho, en el siglo XVI, con el diccionario debajo del brazo. Son dos cosas distintas y por eso llevan nombres distintos.
Y hay una forma rápida de ver que el argumento de la lengua no se sostiene: aplícalo de verdad, hasta el final. Guinea Ecuatorial tiene el español como lengua oficial. En Filipinas lo fue hasta que la Constitución de 1987 lo dejó en voluntario y opcional. Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea-Bisáu y Santo Tomé hablan portugués, igual que Timor Oriental. Y el francés es oficial en una veintena de países africanos.
Por esa regla, media África es latina.
¿Lo has oído decir alguna vez? ¿A alguien? ¿Has visto a un angoleño en un formulario marcando la casilla de latino? No, amigo. Y eso demuestra que la regla que defiende el argumento no es la regla que aplica nadie. La que se aplica de verdad es otra, es geográfica, y la dibujó un francés en 1836. Vamos con eso.
La palabra nació en París, pero no la escribió un francés
Aquí hay dos versiones, y voy a contarte las dos, porque la que circula por internet es la cómoda y no es del todo cierta.
La versión que te han contado viene de un ensayo de John Leddy Phelan de 1968: “América Latina” sería un invento de los propagandistas del Segundo Imperio francés para justificar su aventura en México. Limpia, redonda y muy compartible.
Lo que dicen las fuentes es más retorcido y bastante mejor. La palabra aparece en París en 1856, pero en boca de dos hispanoamericanos. El chileno Francisco Bilbao la usa en una conferencia el 24 de junio de 1856. El colombiano José María Torres Caicedo escribe su poema Las dos Américas en Venecia el 26 de septiembre de ese mismo año, publicado después en El Correo de Ultramar. Arturo Ardao y Miguel Rojas Mix llevan corrigiendo a Phelan desde 1965, y el trabajo sobre Bilbao publicado en la revista Latinoamérica repasa el debate entero.
Así que no, Napoleón III no se inventó la palabra. Hizo algo peor: se la quedó.
Para qué le sirvió a Francia
El terreno estaba preparado desde mucho antes. En 1836, el economista francés Michel Chevalier publicó Lettres sur l’Amérique du Nord después de pasarse dos años en Estados Unidos y visitar México y Cuba. Allí formuló la idea de una “raza latina” enfrentada a la anglosajona, unida por la lengua y el catolicismo. ¿Y quién la lideraba? Francia, qué casualidad.
Lo demás es expediente. En junio de 1862, Napoleón III escribe que Francia tiene la misión histórica de devolver a la raza latina del otro lado del océano su fuerza y su prestigio. En 1864 instala a Maximiliano de Habsburgo como emperador de México. En 1866 se retira sin haber conseguido nada, y a Maximiliano lo fusilan al año siguiente.
El imperio duró tres años. La palabra se quedó para siempre.
Y el remate es que Bilbao, uno de los dos que la pusieron en circulación, abandonó el término cuando vio para qué estaba sirviendo. El coautor de la palabra la devolvió. Casi nadie se enteró.
Conviene medir el tamaño de lo que Francia reclamaba. Haití se había independizado el 1 de enero de 1804, así que ni siquiera era suyo: en 1825, Carlos X le reconoció la independencia a cambio de 150 millones de francos oro, rebajados a 90 millones en 1838, una deuda que los haitianos arrastraron más de un siglo. En los años de Chevalier y Napoleón III, las posesiones francesas en América eran Guadalupe, Martinica, la Guayana y San Pedro y Miquelón. Tres islas y una selva. Con eso se postulaban para dirigir un continente, mientras le cobraban la independencia a la colonia que ya habían perdido.
En Estados Unidos se decía hispano hasta hace cuatro días
Esta parte se le olvida a todo el mundo, y es muy reciente.
La categoría oficial en Estados Unidos es “Hispanic”, y se adopta el 12 de mayo de 1977 con la Directiva 15 de la Oficina de Gestión y Presupuesto: persona de origen o cultura española, sin importar la raza. “Latino” no aparece hasta la revisión de 1997, que convierte la casilla en “Hispanic or Latino”. Veinte años después.
Lo bueno es que a la gente etiquetada nunca le ha convencido del todo. Según las encuestas de Pew Research, en 2022 el 53% prefería “hispano”, el 26% “latino”, el 17% ninguno de los dos y un 2% “latinx”. La etiqueta no sube desde la calle. Baja desde el formulario.
Y el formulario es un desastre. Los brasileños que marcan la casilla de hispano son recodificados como no hispanos, igual que los de Belice, Filipinas y Portugal. En 2020, un fallo de procesamiento de la encuesta contó 416.000 brasileños como hispanos, frente a ±14.000 el año anterior. Cuatrocientas mil personas cambiaron de identidad por un error de software.
El latin lover se llamaba Jacob Krantz
Y entonces llegó el cine, que es donde la palabra se volvió popular de verdad.
El tipo del latin lover lo crea Rodolfo Valentino en los años veinte. Valentino era italiano, o sea el único latino legítimo de toda esta historia, por Roma y por lengua. Lo heredaron Ramón Novarro, mexicano, Fernando Lamas, argentino, y Ricardo Montalbán, mexicano. Ninguno de los tres era latino según el criterio del principio de este post. Eran hispanoamericanos.
Pero el caso que lo revienta todo es Ricardo Cortez, al que Paramount preparó para competir con Valentino. Ricardo Cortez se llamaba en realidad Jacob Krantz, había nacido en Nueva York y era hijo de judíos austríacos. Ni latino, ni hispano, ni nada. Le cambiaron el nombre y listo. Cuando empezaron a correr rumores de que no era español, el estudio probó a venderlo como francés antes de admitir el origen de la familia.
Eso es el latin lover: un apellido inventado en un despacho.
Y luego Antonio Banderas. Malagueño, es decir latino de pleno derecho por las dos condiciones. Hollywood lo encasilló como latin lover desde Desperado en 1995 y, en casi toda su filmografía estadounidense, le hizo interpretar mexicanos y otros hispanoamericanos, que allí van todos a la misma casilla. El único latino del reparto haciendo de no latino, y cobrando por ello.
El remate llegó en 2020. Tras su nominación al Óscar por Dolor y gloria, varios medios estadounidenses lo describieron como person of color. En aquella entrevista con Jorge Ramos contó algo mejor que cualquier polémica: que al rellenar un formulario oficial en Estados Unidos fue a marcar la casilla de blanco y le dijeron que no, que él era hispano. Respondió que hispano no es una raza. Y marcó la casilla igualmente.
Ahí está todo. Un señor de Málaga al que un impreso le explica lo que es.
Por cerrar el cuadro: en 2023 los Latin Grammy se celebraron en Sevilla y hubo acusaciones de whitewashing por quitarle el foco a los artistas americanos. España dentro y fuera de “latino” a la vez, según convenga ese día.
El segundo argumento: que lo dice la RAE
Aviso antes de entrar: la RAE describe cómo habla la gente, no dictamina historia. Aquí no viene a zanjar nada. Viene a declarar como testigo, y lo que declara es muy incómodo para quien la cita.
Porque el argumento estrella de quien defiende “latino” es “la RAE dice que es correcto”. Y es verdad. Lo que no cuenta es el resto del párrafo. La entrada de Latinoamérica en el Diccionario panhispánico de dudas dice que es el conjunto de países americanos donde se hablan lenguas derivadas del latín (español, portugués y francés), en oposición a la América de habla inglesa. Y sigue:
Para referirse exclusivamente a los países de lengua española es más apropiado usar el término específico Hispanoamérica o, si se incluye Brasil, país de habla portuguesa, el término Iberoamérica.
Está en la misma entrada. Quien cita a la RAE para decir “latino” está citando el párrafo que le manda decir “hispanoamericano”.
Las otras dos entradas cierran el asunto. Hispanoamérica es el conjunto de países americanos de lengua española, y el diccionario avisa de que el gentilicio no incluye a España. Iberoamérica son los países americanos que formaron parte de los reinos de España y Portugal, y ahí la advertencia es más dura todavía: no debe usarse para referirse solo a los de lengua española.
Ojo con lo que no digo. La RAE no dice que “latino” o “Latinoamérica” sean incorrectos. No lo son. Dice que para esto hay una palabra específica y que es más apropiada. Con eso me vale.
Ahora haz la resta. Si Latinoamérica es español más portugués más francés, e Iberoamérica es España más Portugal, lo único que Latinoamérica añade es el bloque francófono: Haití, la Guayana Francesa, Guadalupe, Martinica, San Martín y San Bartolomé. Eso es todo su contenido diferencial. ±13 millones de personas poniéndole el adjetivo a ±660 millones. Para nombrar a los hispanohablantes ya existe hispanoamericano, y para sumarles Brasil ya existe iberoamericano.
Y queda la palabra suelta, que es donde está la joya. El diccionario tiene dos entradas distintas de “latino”, no una. La primera viene del latín Latinus y tiene ocho acepciones: del Lacio, de las ciudades con derecho latino, del idioma, de la Iglesia latina, de los pueblos que hablan lenguas derivadas del latín, la vela triangular de los barcos y, en desuso, el que sabe latín. Ninguna de las ocho es americana.
La segunda entrada es otra palabra distinta, marcada como acortamiento, y su segunda acepción dice esto:
Dicho de una persona: Que es de origen latinoamericano o hispánico y vive en los Estados Unidos de América.
La RAE define el “latino” americano como un fenómeno estadounidense. Literalmente. Lo dice el diccionario que me citan para llevarme la contraria.
Y por si quedaba alguna duda, en 2019 la propia Academia respondió a una consulta pública que “latino” sí se aplica a los españoles en cuanto hablantes de una lengua derivada del latín, y que solo quedamos fuera cuando la palabra se usa como acortamiento de “latinoamericano”.
Que una palabra esté recogida no significa que esté recomendada, por cierto. El diccionario recoge “almóndiga” y “murciégalo” marcándolas como vulgares o en desuso, y nadie va por ahí pidiendo almóndigas. Lo de “cocreta” es un bulo, nunca la ha admitido, y lo deja dicho en la entrada de “croqueta”, por si alguien lo iba a sacar.
El tercer argumento: que hispano suena a colonia
Este es el único de los tres que no va de diccionarios, y por eso es el que respeto. Dice, más o menos, esto: “hispano” remite a España, a la conquista y a trescientos años de virreinato, mientras “latino” nos nombra a nosotros y nos separa de la América anglosajona. Tiene raíz bolivariana y tiene sentido anticolonial, y de hecho es la razón de fondo por la que “Latinoamérica” se comió a “Hispanoamérica”: a mediados del siglo XIX, “hispano” estaba mal visto precisamente por colonialista.
Entiendo el malestar. No discuto el malestar. Discuto la solución, porque es la peor posible.
Porque la palabra que se elige para quitarse a España de encima se fabricó en París, y la empujó un emperador francés que en 1862 desembarcó tropas en Veracruz y sentó a un archiduque austríaco en el trono de México. Fíjate en las fechas. México se independiza de España en 1821. Francia lo invade en 1862. España ya se había ido. Francia estaba llegando.
O sea que el movimiento consiste en cambiar el nombre del país del que te separaste hace doscientos años por el nombre del imperio que te invadió cuarenta años después, y que a la vez le estaba cobrando a Haití su propia independencia en francos oro. Como operación anticolonial es un desastre.
Y encima no resuelve lo que dice resolver. “Latino” es igual de europeo que “hispano”, solo que apunta a Roma en vez de a Madrid. Si de lo que se trata es de poner en el centro la herencia indígena y africana, “latino” no la pone en ningún sitio: por eso hubo quien propuso “Indoamérica”, que al menos es coherente con lo que pretende. “Latino” no es la alternativa descolonizada. Es la alternativa de otro colonizador.
Y el remate ya lo has leído más arriba, pero cobra otro sentido aquí: Francisco Bilbao, el chileno que puso la palabra en circulación, la abandonó él mismo al ver que servía para legitimar a Francia. El autor anticolonial del término renunció al término por motivos anticoloniales. Si él pudo, cualquiera puede.
Entonces, ¿qué es ser hispano?
Tres cosas, y ninguna es un formulario.
La lengua. Según el anuario El español en el mundo, del Instituto Cervantes, en 2025 el español superó por primera vez los 500 millones de hablantes nativos, hasta ±520 millones, con ±635 millones de usuarios totales. Es la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes.
El derecho. Las Leyes de Burgos son de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542, y parten de una idea que en su época no era obvia en ninguna parte: el indio es libre y es vasallo de la Corona, no mercancía. Se cumplieron regular, como todo, y los encomenderos pelearon cada artículo. Pero están escritas, con fecha, y no hay nada equivalente en la América británica.
El mestizaje. Y aquí quiero ser preciso, porque es donde más se simplifica. Los hispanoamericanos no son “descendientes de España” y punto. Descienden de españoles, de indígenas y de africanos, y esa mezcla es justo lo que separa a Hispanoamérica del modelo inglés, que no se mezcló y se dedicó a desplazar. España no es el único antepasado. Es el tronco común.
Y el vínculo sigue vivo en el BOE, que es donde se ve si algo es real o es nostalgia. El artículo 22.1 del Código Civil pide diez años de residencia para obtener la nacionalidad española, salvo si eres nacional de origen de un país iberoamericano, Andorra, Filipinas, Guinea Ecuatorial o Portugal, o sefardí. Entonces son dos. Viene de una reforma de 1982 y sigue en vigor.
Fíjate en la palabra que usa la ley española: iberoamericanos. No latinos.
Por qué me importa tanto una palabra
Porque las palabras hacen cosas, y esta hace una muy concreta: disuelve.
“Latino” coge quinientos años de lengua, derecho y mestizaje compartidos y los mete en una casilla de un censo extranjero que deja fuera a España, mete y saca a Brasil según el impreso, y suma Haití por la puerta del francés. No nombra nada real. Nombra un segmento de mercado.
“Hispano” nombra algo que existe y que puedes comprobar: una lengua común, un cuerpo jurídico común y una historia compartida con sus luces y sus cosas horribles, como todas. Usar la palabra correcta no es nostalgia imperial ni ganas de celebrar nada. Es precisión, que es justo lo contrario de la nostalgia.
Yo no voy a decir latinos. Y no porque la RAE me lo prohíba, que ya has visto que no me lo prohíbe, sino porque sé quién puso esa palabra ahí, en qué año y para qué. Sabiéndolo, usarla es hacerle el trabajo gratis a un imperio que fracasó hace siglo y medio.
Y por eso he empezado el post por donde lo he empezado. No era un eslogan para abrir. Es el nombre exacto de lo que se celebra hoy, y la única parte de todo este asunto que no admite debate.
Preguntas frecuentes
¿Hispano y latino son lo mismo?
No. Latino se refiere a los pueblos de herencia romana con lengua derivada del latín, y por eso España, Francia, Italia, Portugal y Rumanía son latinos. Hispano se refiere al mundo que comparte la lengua y la historia españolas. España es las dos cosas a la vez. Hispanoamérica es hispana, pero no latina, porque nunca fue romana.
¿Qué países son latinos de verdad?
Portugal, España, Francia, Italia y Rumanía, más Andorra, Mónaco, San Marino y la Ciudad del Vaticano. Moldavia cumple el criterio lingüístico y tiene la parte histórica discutida, y Suiza y Bélgica lo son en parte, por sus regiones de lengua francesa, italiana y romanche. El criterio es doble: territorio romanizado y lengua nacida del latín.
¿Los brasileños son latinos?
Según el Diccionario panhispánico de dudas entran en Latinoamérica, porque el portugués es lengua derivada del latín. En el censo de Estados Unidos, en cambio, los brasileños que se declaran hispanos son recodificados como no hispanos. Para incluirlos sin ambigüedad existe un término preciso que no depende de ningún censo extranjero: iberoamericanos.
¿Decir hispanidad no es nostalgia del imperio?
Nombrar bien las cosas no es reivindicar nada. El Código Civil español sigue dando trato preferente a los iberoamericanos para la nacionalidad, y eso no es nostalgia, es derecho vigente. Lo que sí tiene carga ideológica es la palabra alternativa, que nació asociada al proyecto de Napoleón III en México y se quedó cuando aquel proyecto ya había fracasado.
Fuentes
- Plinio el Viejo, Naturalis Historia, libro III (texto latino en Wikisource)
- Derecho latino (ius Latii)
- Constitución Antoniniana (212)
- Hispania y su división provincial
- Lenguas romances
- The World Factbook: Guinea Ecuatorial (CIA)
- Constitución de la República de Filipinas (1987)
- Francisco Bilbao, entre el proyecto latinoamericano y el gran molusco, revista Latinoamérica n.º 56
- Michel Chevalier, Lettres sur l’Amérique du Nord (1836)
- Segunda intervención francesa en México (1862-1867)
- Deuda de la independencia de Haití (1825)
- OMB, Standards for the Classification of Federal Data on Race and Ethnicity (1997)
- Pew Research Center, Hispanic, Latino, Latinx, Latine: Which do US Hispanics prefer? (12 de septiembre de 2024)
- Pew Research Center, Who is Hispanic? (15 de septiembre de 2026)
- Rodolfo Valentino
- Ricardo Cortez (Jacob Krantz)
- NPR, Why Labeling Antonio Banderas A Person Of Color Triggers Such A Backlash (9 de febrero de 2020)
- NPR, The Latin Grammys are in Spain this year. So what? (15 de noviembre de 2023)
- RAE, Diccionario panhispánico de dudas: Latinoamérica
- RAE, Diccionario panhispánico de dudas: Hispanoamérica
- RAE, Diccionario panhispánico de dudas: Iberoamérica
- RAE, Diccionario panhispánico de dudas: croqueta
- RAE, Diccionario de la lengua española: latino, na
- RAE, Diccionario de la lengua española: almóndiga
- RAE, Diccionario de la lengua española: murciégalo
- RAE, respuesta pública sobre si los españoles son latinos (2019)
- Leyes de Burgos (1512)
- Leyes Nuevas (1542)
- Instituto Cervantes, anuario El español en el mundo
- BOE, Código Civil (artículo 22.1)
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