Sharenting: la privacidad que le robas a tu hijo en las redes
Una palabra fea para algo que vemos todos los días
Hay una palabra para esto: sharenting. Viene del inglés share (compartir) y parenting (crianza), y describe a los padres que publican fotos, vídeos e historias de sus hijos en redes de forma habitual. El primer día de cole, la playa, el disfraz, el cumpleaños. Cientos de imágenes, año tras año.
Y lo hacen desde el cariño, que quede claro. Nadie sube la foto de su hijo con mala intención. Pero el cariño no quita el problema, y el problema es gordo.
Te lo digo de frente, porque es algo que tengo muy interiorizado: apenas verás una foto mía en redes, y mucho menos de mi pareja o de mis hijos. Tampoco en el perfil de mi pareja. No es manía, es una decisión pensada. Voy a explicar por qué.
El niño no ha dado permiso para nada
Aquí está el centro de todo, y casi nadie se lo plantea: el niño no ha decidido aparecer ahí.
Cuando un adulto publica su propia cara, su vida y sus opiniones, está tomando una decisión sobre sí mismo. Es libre de hacerlo. Pero cuando publica a su hijo, está tomando esa decisión por otra persona, una persona que no puede opinar, que no entiende lo que significa, y que un día crecerá y tendrá su propia idea de qué quiere que el mundo sepa de ella.
¿Y qué pasa el día que ese niño, ya adolescente o adulto, dice que no quiere nada publicado? Pues que llega tarde. Lleva quince años expuesto sin haberlo pedido. Su primera huella en internet no la creó él: la crearon sus padres, antes de que supiera hablar. Le han negado algo que debería haber sido suyo desde el principio: decidir sobre su propia imagen.
A mí eso me parece un motivo de peso. La privacidad de mis hijos no es mía para regalarla.
La huella digital es para siempre
Internet no olvida. Una foto que subes hoy puede seguir ahí dentro de veinte años, copiada, descargada, indexada, fuera de tu control desde el segundo en que le das a publicar.
Piensa en el volumen. Muchos niños tienen huella digital antes de cumplir un año, una colección de imágenes creciendo a la vez que ellos. Para cuando llegan a la adolescencia, existe un retrato completo de su infancia que ellos no han elegido y que no pueden borrar, porque no controlan dónde ha acabado.
Y “lo tengo en privado, solo lo ven mis amigos” engaña. Una cuenta privada sigue siendo decenas o cientos de personas, capturas de pantalla que se reenvían, y la confianza ciega en que una empresa va a proteger esos datos para siempre. Spoiler: no va a hacerlo.
Los riesgos que no se ven
Esto no es solo una cuestión filosófica de privacidad. Hay peligros concretos, documentados:
- Robo de identidad. Los datos de un menor son oro para el fraude, porque el delito tarda años en descubrirse: nadie revisa el historial crediticio de un niño. Con suficientes datos (nombre, fecha de nacimiento, lugar), se construye una identidad para estafas y préstamos fraudulentos que estallan cuando el chaval llega a la mayoría de edad.
- Geolocalización y rutina. Una foto con el uniforme del cole, el parque de siempre o la fachada de casa entrega, sin pretenderlo, dónde está tu hijo y a qué hora. Son datos que tú regalas y que otros pueden usar.
- Manipulación con Inteligencia Artificial. Hoy, con la cara de un niño en internet, se pueden generar imágenes falsas. No hace falta que explique hasta dónde llega eso. Cuantas menos fotos haya circulando, menos material para el que quiera hacer daño.
- Acoso y exposición. El contenido, una vez fuera, puede acabar en sitios que ni te imaginas. Pierdes el control en el momento de publicar.
No cuento esto para meter miedo gratis, sino porque son cosas reales que pasan. Y la mejor defensa contra todas ellas es sencillísima: no publicar.
Entonces, ¿no guardo recuerdos? Claro que sí
Aquí viene la parte importante, porque “no publiques” suena a “no tengas recuerdos”, y no es eso ni de lejos. Yo hago muchísimas fotos de mi familia. La diferencia es dónde acaban.
No quiero renunciar a la memoria de la infancia de mis hijos. Quiero esos recuerdos, todos. Lo que no quiero es que vivan en el servidor de una red social, monetizados, analizados y fuera de mi control. Así que los guardo en casa, en mi propio servidor.
Uso Immich, una alternativa libre y autoalojada a Google Fotos. Funciona casi igual de bien (subida automática desde el móvil, álbumes, búsqueda, reconocimiento de caras), pero con una diferencia enorme: las fotos están en un disco en mi casa, no en la nube de nadie. Nadie las escanea, nadie las usa para entrenar nada, nadie decide qué puede pasar con ellas. Solo yo. Conté a fondo cómo lo monto y por qué en mi post sobre Immich.
Esto encaja con toda la filosofía que ya he contado en el blog. Si te interesa el porqué de montar tus propias cosas en casa, lo desarrollé en mi filosofía del home lab, y la misma idea de recuperar privacidad la apliqué con el buscador en SearXNG. El sharenting es, al final, otra cara del mismo problema: ceder a empresas datos que deberían ser tuyos.
La mejor parte: se lo entrego a ellos
Y aquí está lo que más me gusta de hacerlo así. Todo ese contenido privado, ordenado en mi Immich, es para ellos.
El día que mis hijos tengan uso de razón, tendrán toda su infancia ahí, intacta y privada, para hacer con ella lo que quieran. Si deciden publicar algo, será su decisión, tomada por ellos, con su criterio de adultos. Si deciden no compartir nada, también. Les entrego el archivo completo y el control sobre él.
Eso es, para mí, la diferencia entre robarles la privacidad y guardársela. No es no tener recuerdos. Es tener todos los recuerdos, y que la decisión de qué hacer con ellos sea de quien tiene que ser: suya.
Qué puedes hacer tú
No hace falta montar un servidor mañana para mejorar esto. Por orden de esfuerzo:
- Lo más fácil: simplemente, publica menos. Antes de subir una foto de tu hijo, pregúntate si la querría pública él dentro de quince años.
- Cuentas privadas con cabeza: si compartes con familia, hazlo por canales cerrados (un grupo, un álbum compartido concreto), no en abierto.
- Evita los datos sensibles: nada de uniformes, matrículas, fachadas, ubicaciones en tiempo real.
- El paso completo: monta tu propia galería privada. Immich es la opción que yo uso y va de lujo.
Ninguna de estas opciones te quita un solo recuerdo. Solo te devuelve el control sobre ellos, y se lo guarda a tus hijos.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el sharenting?
Es la práctica de los padres de publicar de forma habitual fotos, vídeos e información de sus hijos en redes sociales. El término combina las palabras inglesas compartir (share) y crianza (parenting). Suele hacerse desde el cariño, pero expone la privacidad del menor sin su consentimiento.
¿Qué riesgos tiene publicar fotos de mis hijos?
Los principales son la huella digital permanente (queda para siempre y fuera de tu control), el robo de identidad (los datos de menores son muy buscados porque el fraude tarda años en detectarse), la geolocalización por detalles como uniformes o fachadas, y la manipulación de imágenes con Inteligencia Artificial. Además, el niño no ha dado permiso para aparecer.
¿Cómo guardo los recuerdos de mis hijos sin publicarlos?
Guardándolos en un espacio privado bajo tu control en lugar de en redes sociales. Una opción potente es un servidor propio en casa con una galería autoalojada como Immich, alternativa libre a Google Fotos: subes las fotos automáticamente desde el móvil y se quedan en un disco tuyo, sin que nadie las analice ni las use.
¿Por qué es mejor no publicar nada hasta que el niño decida?
Porque la decisión sobre la propia imagen debería ser de cada persona. Si publicas a tu hijo desde bebé, cuando crezca y tenga su propio criterio ya no podrá elegir: estará todo expuesto y fuera de control. Guardar el contenido en privado y entregárselo de mayor le devuelve esa decisión a quien le corresponde.
Fuentes
- Humanium: los peligros del sharenting y la privacidad de la infancia
- Xataka Móvil: qué es el sharenting y por qué piden proteger a los menores
- Scielo: amenazas a la privacidad de los menores a partir del sharenting
Compártelo si te ha resultado útil, sobre todo con esos padres que suben todo sin pensarlo.
¿Tú publicas fotos de tus hijos o eres de los que prefiere guardárselas? Cuéntame cómo lo ves.
Y… la mejor foto de tu hijo es la que algún día podrá decidir él si enseña o no.
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